NOTAS 2
(continuación)
Fue un acto de cobardía no ver entero el modelo que se estaba sembrando: de él iban a brotar, por la lógica de su propia genética, sectores con muchos bienes acumulados y sectores sin nada que perder.
Una sociedad mínimamente civilizada debería preocuparse siempre de que absolutamente todos sus miembros tengan algo que perder.
Comida, trabajo, salud, educación. Son los cuatro jinetes de algo así como la seguridad. Si los esfuerzos colectivos a través del Estado se aunaran para que la comida, el trabajo, la salud y la educación llegaran a todos los rincones del país en dosis aceptables, es muy probable que el efecto colateral de esa política sería algo así como la seguridad. Digo "algo así" porque el delito no es extirpable de ningún modelo, pero es bastante claro que si las necesidades básicas de todos los habitantes de este país fueran cubiertas, habría muchos menos pibes rifando sus vidas o cegando otras.
Pienso en los chicos pobres de catorce años, en el relato social que meció su infancia, en historias de vida que cualquiera conoce y que enloquecerían a cualquier vecino de Palermo Freud. Pienso en las pérdidas que todo chico pobre de catorce años tiene que elaborar. Pérdidas que ni siquiera pueden pensarse como tales, con el dolor que implica perder. Los pibes pobres de catorce años perdieron antes de nacer casi todos los derechos que los haría sujetos sociales responsables: el derecho a la vivienda, al alimento, a la escuela. Nada de eso los esperaba como esperaba el amoroso cuarto preparado la llegada del bebé de clase media.
La idea misma de bebé ha sido susceptible de divisiones clasistas, en esta sociedad hipócrita e hiperclasista: el bebé de la lavandina, ese que tiene una mamá que usa productos especiales para desinfectar los juguetes y que siempre tiene en la heladera postrecitos con calcio y hierro, y el bebé que carga la señora en el semáforo, el bebé del soborno emocional, el bebé prestado, el que pretende conmover y provoca rechazo. Ese bebé es sólo visto como un fruto de la promiscuidad de los pobres o como una herramienta para la limosna. Uno es el bebé que quizá ya tenga o vaya a tener un hermanito, y el otro es el bebé que la mirada social juzga "de más", como si algunas mujeres parieran hijos y otras parieran apenas más bocas que alimentar. Uno es el bebé producto del amor de sus padres, y el otro es el producto de un apareamiento.
Los pibes pobres de catorce años han sido bebés del segundo tipo. No es después de un asalto o de un crimen que esta sociedad debería pensar en ellos. Es antes. Pensar en ellos como acreedores nerviosos. Pensar en ellos como los otros que podrían ser hoy si la vida los hubiese recibido con el saludo mullido de las oportunidades. Reflexionar sobre la adolescencia pobre sólo después de un asalto o un crimen es un latigazo más sobre sus lomos.
Lo peor es que ellos no esperan otra cosa.


 
INDICE:

“El ‘climagate’ es como chocar con un meterorito”
Copenhague: “frenar el consumo o cambiar el sistema”

Edición N° 374
Autor: : Horacio Eichelbaum / Periodista
Nacido en Buenos Aires en 1937, es periodista y escritor residente en España. Autor del libro Un
planeta a la deriva. Progreso y democracia, mitos del poder global. Actualmente escribe una
columna semanal en La Opinión de Málaga.
Publicado: Diciembre 2009

Imaginar un desastre natural que destruya el planeta es lo más parecido a la amenaza del cambio climático.
Aunque evitar el desastre está en nuestra mano, es una ventaja que estamos perdiendo.
“Pocos dudan ya del cambio climático y de la desesperada urgencia por reducir el flujo contaminante. Y pocos dudan de que esos piratas cibernéticos protagonistas del ‘climategate’ están a sueldo de quienes quieren suministrar argumentos a los poderosos intereses que persisten en negar la evidencia” afirma Horacio Eichelbaum, autor de esta nota exclusiva para El Arca. Si los científicos descubrieran que la Tierra va a chocar con un meteorito dentro de unos pocos años y que la colisión podría provocar la destrucción total o parcial del planeta, sería difícil imaginar una noticia más dramática para la humanidad. Después de anunciarlo, los científicos seguirían discutiendo la fecha posible y las consecuencias concretas del cataclismo: si la especie humana desaparecería o cuántos supervivientes quedarían; y cuánto de la obra humana se mantendría en pie. ¿Qué harían los medios de comunicación? Científicos de todo pelaje comentarían las distintas posibilidades y se multiplicarían las encuestas. Quizás se pondrían de moda balances absurdos: ¿cuál ha sido la mayor aportación de la raza humana en toda su existencia? Si usted fuera un superviviente en una isla desierta… ¿cuáles diez cosas querría tener consigo?
La reacción humana quizás sería instintiva: la típica del argumento literario de una persona a la que los médicos le auguran una muerte próxima. A vivir que son, literalmente, dos días. La versión extrema del ‘carpe diem’: cercenado de un solo tajo el futuro, sólo quedaría en pie el presente, a palo seco. ¿A qué aceptar límites morales? ¿A qué preservar nuestra imagen de buenos/as esposos/as, padres, empresarias/os, profesionales, maestras/os… si pronto no quedaría nadie para valorarlo o reconocerlo? ¿A qué ceder el paso o dejar sitio para que aparque el vecino? ¿A qué postergar nuestras pequeñas venganzas o contener las tentaciones de quedarnos con lo ajeno?
¿Tendrá algún parentesco esta fantasía con la realidad del ‘calentamiento global’ que estamos viviendo? Las cosas no son tan diáfanas porque la realidad tiene siempre muchos más matices que la fantasía: cuando imaginamos, sólo pintamos los grandes trazos, en tanto que la realidad está llena de matices, de hechos que no encajan en el conjunto que nuestra racionalidad quiere ver homogéneo. Pero hay –como siempre, también- elementos de la realidad que parecen más artificiosamente inventados que todo lo que podría nacer de una mente literaria, como esos ‘hackers’ pirateando los ordenadores de los científicos para mostrar incongruencias y mentiras en los planteamientos de los ‘sabios’. Pocos dudan ya del cambio climático y de la desesperada urgencia por reducir el flujo contaminante. Y pocos dudan de que esos piratas cibernéticos protagonistas del ‘climategate’ están a sueldo de quienes quieren suministrar argumentos a los poderosos intereses que persisten en negar la evidencia. El caso es que la realidad tiene una enorme ventaja sobre la fantasía del meteorito: que evitar el desastre está en nuestras manos. Lo increíble es que estamos dejando escapar esa ventaja. Hace tres meses titulábamos una de estas columnas: ‘Hoy puede ser un gran día’. Hacíamos esfuerzos de optimismo y citábamos al presidente europeo, Durao Barroso, quien esperaba que los líderes mundiales apreciaran “el abismo que se abre bajo sus pies” y prepararan una propuesta seria para la reunión que ahora se está celebrando en Copenhague. En efecto, fue un optimismo forzado: no se logró el más mínimo avance. Y hay cada vez más motivos para el escepticismo. No sólo porque los esfuerzos no dan frutos sino también porque, como lo explica Carlos Taibo en su libro ‘En defensa del decrecimiento’, si nuestro ‘barco’ va derecho al choque contra unos arrecifes… ¿cuál es el criterio racional que supone reducir la velocidad? Se trata de cambiar el rumbo para evitar el choque: reemplazar el sistema, vivir bajo otro paradigma que no sea el de la producción y el consumo.
¿Habrá que empezar a pensar que existe alguna conexión entre ese futuro ‘choque con el meteorito’, este ‘calentamiento global’ arrasador, y este ‘carpe diem’ que se expande, esta tendencia a romper cualquier límite moral, a vivir el presente como si ya no existiera el futuro? O sea: que hay mucha contaminación detrás de tanta corrupción.
http://www.elarcadigital.com.ar 12/12/2009 6:31:56 - 2

 
LA XENOFOBIA EN SUIZA
Hace poco tuvo lugar un plebiscito en Suiza, para decidir como responder a un pedido de la comunidad musulmana de ese país.
La mayoría de los votantes estuvieron de acuerdo con la construcción de la mezquita, pero se opusieron a que esta tuviera un minarete (las torres desde las cuales los musulmanes llaman a sus fieles a la oración). La razón aludida para oponerse, fue que  los minaretes alterarían el paisaje típico de las ciudades suizas.
Pienso que la razón de esa oposición no es estética, sino que encubre otra realidad.
Esa votación expresa que en estos momentos, la mayoría del pueblo suizo se siente amenazada por la presencia de una cultura extraña (Xenos, en griego clásico es precisamente extraño y fobos, temor), de allí que podamos hablar de xenofobia.
Dado el antagonismo, por momentos virulento, de muchas comunidades musulmanas en Europa y el mundo, en contra de Israel y de  los judíos que apoyan la existencia de un Estado con mayoría judía, no han faltado algunas voces judías que han estado de acuerdo con el resultado de esta votación. En cambio ha habido otras voces de personalidades judías, religiosas y laicas, mayoritarias, que se han opuesto al mismo y pienso que tienen razón.
Suiza es un país con fuertes tendencias conservadoras, en el que ha habido conductas xenófobas también con los judíos. Fue el último país de Europa Occidental, en conceder igualdad civil a los judíos, en dos etapas, en 1866  y 1872, antes que el vendaval del nazismo arrasara con todas las conquistas liberales con respecto a los judíos en Europa. También fue el último país de Europa  occidental que dio el derecho de voto a las mujeres. Si se me permite una metáfora, diría que ese carácter conservador está ligado a la fabricación de relojes, industria típica de ese país, pues los relojes marcan y dominan al tiempo. Cabe señalar también, que durante la segunda guerra mundial, el gobierno suizo tuvo un conducta ambivalente respecto a los judíos  pues si bien dio acogida a  varios millares de refugiados  de los países dominados por el nazismo, rechazó  a otros tantos y los devolvió,  lo que significó su muerte segura.
Debemos comprender que la xenofobia es única e indivisible y debemos estar permanentemente alerta frente a ella, aunque no seamos las víctimas de turno.
Debemos entender también que permitir la construcción de mezquitas y prohibir los minaretes, es el equivalente de permitir la construcción de iglesias y prohibirles que tengan torres o espadañas para sus campanarios, o  permitir la construcción de sinagogas y prohibirles que tengan cúpulas de estilo oriental. Los minaretes, además de la función de llamado a los fieles musulmanes a la oración, cumplen también para estos, una función simbólica, pues están inspirados en el antiguo faro de Alejandría como fuente de luz., en este caso, la luz de su creencia religiosa
Personalmente, soy un judío laico, ligado a su pueblo por su cultura y su destino y no por la fe, pero respeto a todas las religiones, con exclusión de las manifestaciones fundamentalistas, intolerantes, de cualquiera de ellas. Pienso que al ofender a los creyentes musulmanes de Suiza, entre quienes hay sin lugar a dudas, moderados y extremistas, se está dando pábulo a las tendencias xenofóbicas dentro de esa minoría. Es el principio de acción y reacción.
El mutuo respeto y el diálogo interreligioso y de religiosos con laicos, tarea en la que he participado varios años en Israel y España, es el único camino para afirmar nuestro destino común como seres humanos.

José Alberto Itzigsohn
Jerusalén, Diciembre del 2009


 

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